Récord de comercio global, récord de riesgo: cómo la geopolítica está redefiniendo la logística y el comercio exterior argentino – Mgter. Gustavo Fadda

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El comercio mundial alcanzó en 2025 un máximo histórico cercano a los USD 35,5 billones. Sin embargo, detrás del récord se esconde un sistema más frágil, más caro y crecientemente condicionado por la geopolítica. Para países como Argentina, el impacto ya no es indirecto: es operativo, logístico y económico.

El récord que engaña.

Las cifras del comercio internacional en 2025 son contundentes. De acuerdo con proyecciones de UNCTAD, el intercambio global de bienes y servicios superó por primera vez los USD 35,5 billones, con un aporte significativo del comercio de servicios (crecimiento cercano al 9%) y una expansión más moderada en bienes.

A primera vista, el dato parece confirmar una economía global resiliente. Sin embargo, ese récord convive con una realidad menos visible: el comercio opera hoy como un sistema no lineal, donde pequeñas perturbaciones geopolíticas pueden generar efectos desproporcionados en costos, tiempos y disponibilidad logística. El crecimiento ya no responde a un marco estable, sino a un entramado que se reconfigura permanentemente frente a crisis, conflictos y tensiones estratégicas.

Los chokepoints como nueva variable económica.

En este nuevo escenario, la geopolítica dejó de ser un telón de fondo para convertirse en una variable económica central. Los denominados chokepoints —puntos críticos del sistema logístico global— concentran hoy un riesgo sistémico inédito

El Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 21% del petróleo mundial; el Canal de Suez, eje del comercio entre Asia y Europa; y el Canal de Panamá, nexo estratégico entre Atlántico y Pacífico, funcionan como verdaderos “grifos” del comercio internacional. Una disrupción en cualquiera de ellos no genera efectos locales ni lineales: desencadena reacciones en cadena que impactan sobre rutas, flotas, precios y disponibilidad de bodega a escala global.

La reciente escalada de tensiones en Medio Oriente volvió a poner este fenómeno en primer plano. Aunque Argentina no comercie directamente a través de Ormuz, las consecuencias llegan igual.

La reacción en cadena logística

Cuando un chokepoint se vuelve riesgoso o se cierra, las navieras se ven obligadas a redireccionar flotas por rutas más largas —como el rodeo por el Cabo de Buena Esperanza— que pueden sumar alrededor de dos semanas adicionales de navegación.

Ese desvío tiene tres efectos inmediatos:

  1. Menor oferta efectiva de bodega: los mismos barcos realizan menos viajes anuales.
  2. Aumento de fletes y recargos por combustible (BAF), especialmente en contextos de energía más cara y mayor incertidumbre.
  3. Mayor riesgo operativo, que se traslada a primas de seguros más altas y contratos más exigentes. Este fenómeno genera lo que puede denominarse una “succión de bodega”: la capacidad de transporte queda absorbida por rutas más largas, reduciendo la disponibilidad para mercados periféricos como Sudamérica, aun cuando no estén directamente involucrados en el conflicto.

Por qué esto afecta directamente a Argentina: la periferia logística

Existe un mito persistente: que los conflictos lejanos no afectan al comercio exterior argentino porque “los barcos no pasan por ahí”. Esa lectura desconoce una realidad básica del transporte marítimo contemporáneo: las navieras operan flotas globales unificadas.

Cuando faltan buques en el Mar Rojo o en el Golfo Pérsico, esos barcos se reasignan desde otras rutas.

El resultado es inmediato:

– menos contenedores vacíos en puertos argentinos.

– mayores tarifas en el Atlántico Sur.

– demoras en exportaciones agroindustriales, mineras e industriales.

En otras palabras, Argentina opera como periferia logística: cuando el sistema global se tensa, los mercados centrales absorben primero la capacidad disponible y los mercados más lejanos reciben el impacto residual, tanto en costos como en confiabilidad.

Energía, Vaca Muerta y la paradoja argentina

La tensión geopolítica global expone con nitidez una de las mayores paradojas estructurales de la Argentina. Por un lado, Vaca Muerta posiciona al país como un potencial exportador energético estratégico en un mundo que busca diversificar proveedores y reducir su dependencia de regiones inestables.

Sin embargo, esa consolidación como exportador global depende críticamente de la infraestructura. Gasoductos, plantas de licuefacción, capacidad portuaria y logística energética no son variables accesorias: son la condición necesaria para transformar el recurso en poder económico. La ausencia o el retraso de esas inversiones convierte una ventaja estratégica en una oportunidad parcialmente desaprovechada.

Al mismo tiempo, Argentina enfrenta una vulnerabilidad estructural: la dependencia de importaciones energéticas caras en invierno. Incluso con Vaca Muerta, el país importa gas y combustibles/derivados críticos para sostener demanda estacional, agro, transporte e industria. En un contexto de tensión geopolítica, esos insumos se encarecen y el shock se traslada directamente a la economía real.

La consecuencia es doble: mientras la energía exportable promete divisas, la energía importada cara erosiona la competitividad del resto de la matriz exportadora.

El “costo geopolítico importado”: una nueva capa del costo argentino.

En este escenario, el debate tradicional sobre el “Costo Argentino” resulta incompleto. A la presión fiscal, la burocracia, la inestabilidad macroeconómica y los costos logísticos internos, hoy debe sumarse una nueva dimensión: el costo geopolítico importado.

Argentina internaliza shocks globales por tres vías principales:

  • Energía importada cara (gas, gasoil premium y derivados esenciales).
  • Insumos críticos para el agro a precios volátiles, como urea y fertilizantes, altamente sensibles a la tensión en rutas y mercados energéticos.
  • Fletes inciertos y logística global más cara, derivados de desvíos, reasignación de flota y mayor riesgo de operación.

Estos costos no se originan en decisiones domésticas, pero se incorporan plenamente en la estructura de costos local, erosionando márgenes, competitividad y previsibilidad. El exportador argentino compite así con sus restricciones internas y, a la vez, con una geopolítica global que le transfiere riesgos y sobrecostos.

Del just‑in‑time al just‑in‑case: ¿una oportunidad para Argentina?

La pandemia y los conflictos geopolíticos marcaron el fin del paradigma logístico del just‑in‑time. Las empresas globales priorizan ahora resiliencia sobre eficiencia extrema, relocalizando cadenas productivas hacia países con recursos, estabilidad relativa y menor exposición al riesgo geopolítico.

En ese marco, Argentina posee activos evidentes:
– alimentos,
– energía,
– minerales críticos,
– talento tecnológico.

El desafío es otro: reducir el “Costo Argentino” y, además, aprender a gestionar el nuevo componente: el costo geopolítico importado. Burocracia, presión fiscal, inestabilidad macroeconómica y costos logísticos internos pueden convertir una oportunidad histórica en una ventana perdida.

Conclusión: anticipar vale más que reaccionar

El comercio mundial nunca fue tan grande, pero tampoco tan frágil. La paradoja de 2025 es clara: récord de intercambio con récord de riesgo.

En este contexto, la ventaja competitiva ya no es solo productiva o comercial: es anticipatoria. Las empresas y los países que incorporan la geopolítica como parte de su análisis económico no evitan los shocks, pero se posicionan mejor frente a ellos.

Para Argentina, la pregunta ya no es si el mundo va a cambiar, sino si vamos a leer a tiempo ese cambio y adaptar nuestra estrategia de comercio exterior a una realidad donde la geopolítica dejó de ser externa y pasó a ser estructural.