
Durante años, en la Argentina hemos discutido la apertura o el cierre de la economía como si se tratara de una batalla ideológica, casi religiosa. Apertura versus proteccionismo. Mercado versus Estado. Globalización versus soberanía. Pero ese enfoque simplista nos ha hecho perder de vista una verdad incómoda: una economía abierta puede crecer o no, pero una economía cerrada, tarde o temprano, siempre se estanca.
No existe ningún país relevante que haya alcanzado niveles sostenidos de desarrollo viviendo de espaldas al mundo. Tampoco existe evidencia de que el simple acto de abrirse garantice automáticamente prosperidad. La apertura es una condición necesaria, no suficiente. La diferencia la hacen las instituciones, la calidad de las políticas públicas y la capacidad de competir.
Argentina lleva más de una década sin crecer de manera sostenida. Con altibajos, rebotes coyunturales y crisis recurrentes, el resultado neto es claro: estancamiento. Y mientras el conjunto de la sociedad pierde poder adquisitivo, algunos sectores protegidos y privilegiados lograron aumentar sus ganancias, muchas veces subiendo precios muy por encima de la inflación, amparados en barreras comerciales, regulaciones discrecionales y un mercado cautivo.
Ese esquema generó una economía cara, ineficiente y profundamente injusta.
Hoy vemos cómo ciertos sectores, históricamente beneficiados por altos niveles de protección, levantan la voz frente a cualquier intento de mayor competencia externa. El caso del sector textil es emblemático: décadas de aranceles elevados, licencias, cupos y restricciones, sin que ello se traduzca en una industria genuinamente competitiva a nivel internacional. El problema no es que compitan; el problema es que nunca se los obligó a hacerlo.
Proteger no es desarrollar.
La protección puede ser una herramienta transitoria, con objetivos claros, plazos definidos y exigencias de desempeño. Cuando se transforma en permanente, se convierte en un subsidio encubierto a la ineficiencia. Y lo paga toda la sociedad con precios más altos, menor variedad de productos y menor calidad.
Aquí es donde resulta imprescindible traer a colación a Daron Acemoglu, coautor del libro Why Nations Fail y ganador del Nobel. Su tesis central es contundente: los países fracasan cuando construyen instituciones extractivas, es decir, reglas de juego diseñadas para beneficiar a unos pocos en detrimento del conjunto. Por el contrario, los países que prosperan son aquellos que desarrollan instituciones inclusivas, que fomentan la competencia, la innovación, la inversión y la movilidad social.
La Argentina, desde hace décadas, oscila peligrosamente hacia un modelo de instituciones extractivas:
- Sectores con privilegios.
- Regulaciones que favorecen rentas.
- Barreras que castigan al consumidor.
- Y una enorme dificultad para premiar al que invierte, innova y exporta.
No se trata de elegir entre industria nacional o importaciones. Esa es una falsa dicotomía. Los países exitosos tienen industria nacional fuerte precisamente porque compite, exporta y se integra al mundo. Corea del Sur, Alemania, Vietnam o México no construyeron sus sectores productivos detrás de muros eternos, sino combinando apertura gradual, disciplina macroeconómica, reglas claras y una obsesión permanente por ganar productividad.
En una economía abierta, una empresa puede quebrar o crecer. Puede perder mercado o conquistarlo. Existe riesgo. Existe desafío. Existe incentivo.
En una economía cerrada, el resultado es previsible: menos presión para mejorar, más lobby, más búsqueda de privilegios y, finalmente, estancamiento.
La discusión que deberíamos dar no es si abrir o cerrar, sino cómo construir competitividad real:
- Infraestructura logística eficiente.
- Sistema tributario más simple y menos distorsivo.
- Financiamiento productivo.
- Capacitación laboral.
- Estabilidad macroeconómica.
Sin eso, no hay apertura que funcione. Pero sin apertura, todo eso tampoco alcanza.
La Argentina necesita dejar atrás el capitalismo de amigos y pasar a un capitalismo de competencia. Necesita menos protección eterna y más reglas parejas. Menos discursos épicos y más productividad.
Porque, al final del día, el verdadero dilema no es apertura sí o no.
El verdadero dilema es: queremos un país que compita o un país que se conforme con sobrevivir.
Y la historia económica mundial es clara: los países que eligen competir pueden equivocarse, pero tienen futuro.
Los que eligen encerrarse, solo administran su decadencia.
Mgter. Gustavo Scarpetta





